EL MANTO BLANCO DE DIOS

EL MANTO BLANCO DE DIOS 1

EL MANTO BLANCO DE DIOS

Templario y Caballero, tu qué esperas siempre este momento con devoción y entrega, ejecutando el mismo ritual sagrado, anhelado, esperado, conquistado por una exaltación divina, cuando cubres tus hombros con el manto blanco y la cruz paté, de rodillas en el suelo y con tu cabeza inclinada sobre tu espada templaria, procedes a Orar ante Dios Padre Todopoderoso.

Silencio, expansión infinita, vacío imponente donde toda forma es modelada y destruida, donde todo es creado y aniquilado. Vagando en el silencio para poder abandonar la vieja y tirante piel y poder andar sin grilletes ni impedimentos.

Es en este silencio donde depositas todas tus inquietudes y recelos, tus pasiones y deseos, tus envidias y codicias, para que las puedas ver desaparecer una a una, liberando tus oídos de sus incesantes gritos.

En el silencio de la Oración, donde debes arrojar todos los arcos y flechas de este mundo, con los que esperas cazar alegrías y satisfacciones y en realidad solo cazas desasosiegos y tristezas.

De cada mil palabras pronunciadas, a veces solo hay una que es verdaderamente necesario pronunciar. Las restantes solo sirven para nublar la mente, obstruir el oído, cansar a la lengua y cegar el corazón.

Dios no te doto´ de ninguna fracción de Sí mismo, pues Él es indivisible, sino que te dotó de toda su divinidad, indivisible, impronunciable.

¿A que mayor herencia puedes aspirar, Templario?

¿Y quién o qué te puede impedir disponer de ella, sino es tu propia timidez o ceguera?

Templario y Caballero, observa como algunos hombres, ciegos e ingratos, hacen de Dios una especie de estercolero al que arrojan sus dolores de muelas y de vientre, sus pérdidas financieras, sus querellas, sus venganzas y sus noches de insomnio.

Otros hacen de Dios su tesoro, de donde esperan encontrar en todo momento lo que desean, dado que codician poseer todas las riquezas de este mundo.

Si, son muchas y diversas las tareas que los hombres asignan a Dios.

Templario, no eleves nunca a Dios tus preocupaciones y esperanzas. No le pidas que abra las puertas de las que Él te dio las llaves. Busca en la inmensidad de tu corazón, pues en él se encuentra la llave que abre todas las puertas. Y en la inmensidad del corazón, están todas las cosas por las que sientes sed y hambre, sean para bien o para mal.

Tu no necesitas un templo para Orar en él, pues, si no puedes encontrar un templo en tu corazón, jamás encontraras tu corazón en un templo.

Ruega siempre en tu oración por la Comprensión, pues esta es la llave del Amor, cualquier deseo que no sea este, no se cumplirá jamás.

 

Nada para nosotros, Señor, nada para nosotros sino a Tu nombre sea dada la Gloria.

2 thoughts on “EL MANTO BLANCO DE DIOS”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *