Portada. Los Caballeros Templarios

Los Templarios, historias, leyendas y reflexiones

Los Templarios, reflexiones, historia y leyenda.  En aquella época, ocurrían en todo el orbe cristiano cambios sustanciales.

Los reyes, comenzaban a crear el estado absoluto a costa del estado feudal, y para ello, contra el poderío de sus nobles, se apoyarán en el pueblo, pero no de la manera en que lo hicieran los primeros tiranos griegos como Pisistrato, sino despertando en las gentes un nacionalismo, personificado en la fidelidad al rey.

Esta tendencia tuvo efectos demoledores para la iglesia: contra la unidad de los príncipes del orbe cristiano bajo la supervisión espiritual del Papa, triunfara cada vez más la figura del rey. En España, no podemos hablar de esta tendencia hasta el reinado de los reyes católicos, así como en otras naciones europeas.

Enfrentamiento entre Felipe IV y el Papado.

Pero, para desgracia del Papa y de los templarios, la tendencia surgirá en Francia, la potencia mundial del momento.

Así, Bonifacio VIII, Papa de 1294 a 1303, cometió un error de calculo, pues hubiese sido, con su energía y arrogancia, un gran Papa en el S. XII, pero no en el siglo donde le toco nacer.

Amenazó con la excomunión al rey de Inglaterra Eduardo I y al de Francia, Felipe IV, si imponían nuevos impuestos a las ordenes religiosas sin su autorización, debido a la guerra que enfrentaba a ambos países. En Inglaterra las nuevas tendencias no habían llegado aún, y los súbditos no hubiesen seguido a un rey excomulgado, luego Eduardo cedió.

Pero en Francia triunfaba el nacionalismo, y Felipe IV pudo dejar la bula del pontífice en papel mojado. Tras diversas disputas, el Papa se sacó de la manga su amenaza suprema: Una bula que, de publicarse, excluía a los súbditos de Felipe de su lealtad al rey. Incluso para el rey, aquello era peligroso.

Pero existían en Roma enemigos del Papa, la familia de los Colonna, que permitieron a Felipe IV llevar a cabo, bajo el mando de Guillermo de Nogaret, fiel servidor real y enemigo del Vaticano (Su familia fue quemada en la hoguera), una operación de secuestro exitosa, en la que el Papa fue golpeado y vejado a manos de los esbirros de los Colonia, devolviéndole al Vaticano en condiciones penosas.

Guillermo de Nogaret

El pobre anciano, medio muerto, no publicó la bula y murió al poco tiempo. Era 1303. Un rey desafiaba el poder del Papa, por primera vez desde la caída del imperio romano.

Sentaría precedente, y Federico II de Alemania y Carlos I de España tomaron más tarde buena nota de lo poco que contaba ya la iglesia para un rey verdaderamente fuerte.

Tras un corto pontificado de Benedicto XI, los esfuerzos de Felipe IV para imponer un Papa francés triunfaron, e incluso la sede del papado se traslado a Avigñon, con Clemente V, incapaz desde luego de salvar a la iglesia de las exigencias del prepotente rey.

Aunque su actuación en acontecimientos posteriores hace sospechar al autor de este texto que no era precisamente tonto, sino más bien que tenía en gran aprecio su vida, y no oso arriesgarla más de lo necesario, oponiéndose muy moderadamente al rey, que al fin y al cabo, era quien le había dado el papado y la riqueza.

La caida de Tierra Santa y el Poderío creciente de la Orden.

Los templarios franceses, influidos del mismo nacionalismo que otros, apoyaron mayoritariamente a Felipe. Al fin y al cabo, la Orden servia al Papa solo en teoría, lo que contaba eran sus intereses. Unos pocos se dieron cuenta de que Felipe IV era un mal bicho, pero no lograron hacerse oír.

No eran muy buenos tiempos para la orden, pues en 1273, la situación de las posiciones en tierra santa era insostenible. El gran maestre Guillermo de Beaujeu murió allí defendiendo las últimas posiciones cristianas ante los musulmanes, y su sucesor Thibaud de Gaudin no pudo sino dirigir la evacuación a Chipre.

Murió al poco, y sucedióle Jacobo de Molay, último gran maestre, guerrero valeroso pero de escaso valor como hombre político, que hubiese sido un gran líder en la lucha contra los musulmanes pero carecía de la astucia que la orden necesitaba en aquellos momentos para salir airosa de la situación que su propio poder provocaba.

Jacques de Molay

El último Gran Maestre Templario   El nuevo gran maestre estimó estupendo trasladar la sede de la orden a Francia, donde poseía extensas posesiones y donde residía un buen número de caballeros de la orden. Jacobo de Molay recordaba la Francia de San Luis, un rey santurrón y beato que si bien se comporto malamente con los cataros por considerarlos herejes, de buen seguro hubiese acogido a la orden con los brazos abiertos. Pero Felipe IV no veía así el asunto.

La orden despertó pronto recelos entre la población debido a sus riquezas y a su hermetismo, recelos que si bien no fueron nada grave en un principio, proporcionarían más tarde a Felipe IV la base necesaria para actuar con impunidad frente a los templarios.

Estos mientras, perdida la posibilidad de luchar contra los sarracenos, acentuó su labor de banquera para los príncipes cristianos.

Mientras muchos banqueros italianos que basaban su poder en el comercio con la perdida tierra santa vieron hundirse sus negocios, la orden, que lo basaba en sus sólidas posesiones distribuidas un poco por todo el orbe cristiano, no noto en demasía los efectos económicos de la caída de tierra santa en manos sarracenas.

Pronto, Felipe IV se hallo endeudado hasta la medula con la orden del Temple.

Bien, hubiese sido tolerable si la orden tuviese su base en Chipre, como los hospitalarios, pero es que además, los templarios, teniendo su cede en Francia, con su .estado mayor. situado en el mismo París.

Constituían un ejercito privado en el seno de la propia nación, un riesgo supremo para Felipe IV, que ha saber como hubiese acabado si la orden hubiese poseído un gran maestre astuto capaz de darse cuenta de su propio poder.

Pero Molay era un inocentón, como la mayoría de los valerosos caballeros del Temple, que no sospechó nada cuando en 1305 Felipe IV empezó a poner en práctica un plan para desmantelar la orden en su provecho.

Los Templarios y la acción de Felipe IV.

Esquieu de Floyrano, un antiguo templario expulsado de la orden, presentara, a cambio de una remuneración, las denuncias contra la orden necesarias para dar pie a la actuación de Felipe IV y Nogaret.

Antes lo intento con Jaime II de Aragón, quien le ignoro, mucho más amistoso con la orden que el rey francés.

Pero Nogaret pudo así poner en marcha los planes de su señor. En absoluto secreto arresto a antiguos templarios como Esquieu, para extraerles bajo tortura las informaciones que quiso extraer sobre la orden.

Y con estos datos falsos arrancados bajo horribles dolores, ordeno detener a todos los templarios de Francia, apoyándose en un duro requisito donde se acusaba a la orden en términos muy graves: «hemos sabido que los hermanos de la milicia del temple [ … ] insultan miserablemente a la religión de nuestra fe…»

Al alba del 13 de Octubre de 1307 los templarios tuvieron posiblemente la primera noticia de la persecución que sufrían, cuando tropas reales cercaron su sede en Paris y exigieron la detención de los templarios. Estos, completamente aturdidos, pensaron que se trataba de un error y se entregaron sin resistir.

Además, la orden prohibía blandir la espada frente a otras cristianos, y en caso de que algún templario albergase sospechas sobre la utilidad de violar ese mandato de la orden en ese momento, sin duda confió en el apoyo de sus otros hermanos de toda Francia.

Pero las detenciones se realizaron en todo el pais con asombrosa coordinación y para aproximadamente el 15 de Octubre los templarios estaban en su mayoría vigilados por los sicarios de Felipe IV.

Nogaret reunió al consejo de la universidad de Paris y al pueblo para explicarles el porque de su proceder, ante los rumores desatados, y su demagogia actuó bien y le permitió tranquilizar los animos.

Aun asi otros príncipes europeos y la elite intelectual se mostraron mucho mas recelosos, y Felipe IV hubo de incitarles a proceder igual en sus respectivos reinos.

Los Horrores de la Tortura a Los Templarios.

Las acusaciones que recaían sobre la orden eran graves, y muchos reyes decidieron indagar. Es comprensible que la orden, hermética ante el exterior y con fuertes influencias del pensamiento oriental, cristiano o no, diese lugar a ciertos recelos.

Los Templarios
Los Templarios y la tortura.

Sin embargo, mientras en Francia se extrajeron confesiones a través de torturas aplicadas con verdadera saña a templarios ancianos sobre todo ( 138 torturados en Paris, confesando 135 los crímenes que pretendían oír sus inquisidores y muriendo tres antes que confesar), en otros reinos se procedió con métodos más humanos.

Entre los no iniciados en el tema, a menudo sorprende la escasa resistencia que opusieron los templarios a emitir sus confesiones cuando cayeron en manos de los esbirros de Guillermo de Nogaret.

Así pues, conviene hacer unas pocas apreciaciones: Primero, solo fueron torturados templarios viejos, como el pobre gran maestre Jacobo de Molay, que por muy gran maestre que fuese era un pobre anciano, ya no muy sano debido a los combates en tierra santa, que rondaba quizás los 60 años cuando fue torturado.

También fueron torturados en menor número templarios aun languidecíentes de las heridas de tierra santa, pero aún dándose estas circunstancias, nos parece muy sorprendente que un hombre, aún joven fuerte y valeroso, hubiera podido resistir las barrabasadas de los inquisidores franceses.

Varios templarios murieron durante estas, bien por no desear confesar o bien por írsele la mano al inquisidor.

Las torturas medievales, ya espantosas de por si, se llevaron a extremos infames con los templarios. Por ejemplo, el pobre Bertrand de Vado, regreso a su celda, con unas condiciones higiénicas indignas del más sucio estercolero, con los huesos del brazo al descubierto, arrancada su carne a golpes con varas de hierro candentes al negarse a confesar ante horrores más tolerables.

El Papa no veía con buenos ojos la detención de los miembros de una orden religiosa por el rey, veía aún peor que fuesen torturados y se horrorizaba ante el descredito que sus confesiones forzadas podían verter sobre otras ordenes monásticas. Aunque en un principio le pillo de sorpresa, pronto reacciono.

El Papa contra el Rey (y Los Templarios por medio).

Acaso un Bonifacio VIII se habría puesto serio con Felipe, y habría intentado salvar a la orden. Pero Clemente V tenía demasiado apego a la vida como para arriesgarse tanto, lo que no le evitó llevar a cabo una maniobra bastante hábil.

La bula Pastoralis Proeminentiae ordenaba el arresto de los templarios, pero como la bula procedía del Papa, el arresto habría de proceder también del Papa, así que Felipe IV entrego los prisioneros templarios a la Iglesia, muy a su pesar.

Muchos templarios, entre ellos Jacques de Molay, libres de nuevas torturas, se retractaron de las confesiones a las que los crueles sicarios de Nogaret les habían forzado.

Felipe IV vio que el asunto se desviaba de donde le convenía, y se apresuró a contraatacar a Clemente. Una serie de libelos y calumnias bien distribuidas contra el Papa, y una brillante actuación de la oratoria de Felipe IV ante los Estados Generales (Aquí, una institución similar serían las cortes de la época) obligaron al temeroso Clemente V a negociar.

Así, los templarios serían de nuevo interrogados, pero por tribunales mixtos, formados por eclesiásticos del Papa y sicarios de Nogaret.

Estos sabotearon los interrogatorios: Templarios enfermos, muertos en sus celdas u oportunamente quemados junto a algunos compañeros de la orden ya condenados en Sens. Casualmente, los mismos templarios que se habían retractado o pensaban hacerlo.

El pobre Jacques de Molay, viendo a Nogaret en el tribunal, recordó los tormentos sufridos y reconoció de nuevo las faltas que le achacaban. El Papa había fallado en su jugada, y los templarios aparecían de nuevo culpables de los crímenes imputados en el nuevo proceso.

Clemente recibió los resultados en 1311, constatando que los mismos procesos en Alemania o España daban por inocentes a los templarios.

El Papa titubeó entre oponerse a Felipe IV o ceder a sus deseos de disolver la orden. Convocó un concilio para tratar el tema, el 16 de Octubre de ese año, pero ante el apoyo demasiado decidido de los obispos a los templarios (decidieron no condenarles sin antes oírles hablar) se temió un ataque del rey francés y lo disolvió.

Reunió valor para volver a convocarlo en 1312, pero sus titubeos permitieron actuar al rey francés y el nuevo concilio empezó con Felipe IV a las puertas de Roma acompañado de todo su ejército.

El Papa volvió a sentir el miedo, y por su cuenta disolvió la orden a través de la bula Vox Clamentis, donde matizaba hacerlo «…no sin amargura y dolor íntimo…»

Pero Clemente V, derrotado en su intento de salvar a los templarios, decidió darse un pequeño gusto fastidiando al rey francés con la bula Ad Providam Christi, donde repartía los bienes del temple a otras órdenes y no a Felipe.

Los hospitalarios los recibieron en Francia, mientras en España los templarios, que aun gozaban allí de prestigio y eran necesitados en la lucha contra los moros, conservaron sus bienes y su condición integrados en otras ordenes más pequeñas creadas al efecto.

Felipe IV solo gano a medias: Eliminó el temible enemigo que suponía la orden y se ahorro el pago de prestamos, pero perdió la oportunidad de apoderarse de las posesiones templarías.

El Fin de los Templarios

Los Hospitalarios franceses recibieron poco o nada, pues los sicarios de Nogaret ya habían saqueado las posesiones del temple con una eficiencia digna de mejor fín.

Los templarios que no se integraron en otras ordenes, caso dado, como ya hemos visto en España o en Chipre, no tuvieron muy buen porvenir. Juzgados por tribunales eclesiásticos, fueron encarcelados de por vida en una mugrienta cárcel medieval o dejados libres sin ninguna posesión. A estos últimos hubo de mantenerles su familia, su habilidad con la espada o la mendicidad.

Triste destino para aquellos que tanto lucharon por la cristiandad en Tierra Santa. Clemente V se reservo la potestad de juzgar a los últimos cuatro grandes dirigentes del temple: Jacques de Molay, Hugues de Pairaud, Geoffroi de Charnay y Geoffroi de Gonneville.

Bueno, más bien, la potestad de hacerse perdonar sus pecadillos contra el rey Felipe IV sirviéndoselos en bandeja, juzgándolos en Paris un tribunal formado, entre otros, por el obispo de Sens, que ya había quemado vivos a varios templarios ,como vimos antes, y los odiaba entre mucho y muchísimo.

Jacques de Molay en la hoguera

Se congrego una gran muchedumbre esperando ver morir a cuatro malvados herejes, pero los parisinos se encontraron con cuatro ancianos maltrechos, que confesaron todo esperando a cambio clemencia, y que al oír su condena de cadena perpetua, exclamaron, empezando por Molay , que merecían la muerte por mentir sobre la orden, y se desdijeron de todo lo confesado.

El pueblo, aunque era bastante manipulable, albergaba aún la clemencia necesaria para exigir un perdón para aquellos pobrecillos, causando unos graves disturbios reprimidos por la guardia real. Y Felipe IV, hasta las narices del espinoso asunto, les mando quemar esa misma noche.

El párroco real Geoffroi registro como, mientras era atado a la estaca donde se le incineraría en una pequeña isla del Sena llamada Vert-Galand. Molay se mostraba alegre (sin duda pensó, con razón, que allí acababan sus sufrimientos) y pronunciaba la famosa «maldición templaria»:

«Todos aquellos que son contrarios a nosotros, sufrirán de nuestras propias manos» . En efecto, el Papa Clemente V y el rey Felipe IV fallecieron ese mismo año (1314).

 

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