El Sueño de los Templarios

El Sueño de los Caballeros  Templarios

El sueño de los Caballeros Templarios que alumbró en las noches de todas las épocas a los hombres de mirada abierta, siendo trasmitido oralmente, de mano a mano, de corazón a corazón. Siempre presente y siempre escondido. Un sueño que está entre nosotros y nos guía en la oscuridad, que hace valiente al temeroso y al débil lo convierte en fuerte. Un sueño que sólo precisa ser soñado con verdadera fuerza para despertar de nuevo.

Los Caballeros del Templo

El Rey Balduino II estaba sentado en su trono mirando con gesto complaciente al caballero que ha hecho crujir las losas de piedra al clavar su rodilla en tierra. Es una mañana de primavera del año de gracia de 1118 y el caballero que permanece con la cabeza inclinada se llama Hugo de Payns.

Tras él brillan los ojos acerados de Godofredo de Saint Omer, y unos pasos más atrás hay otros siete caballeros que llevan su nombre escrito en el filo de sus espadas: Godofredo Bisoi, Godofredo Roval, Pagano de Mont Didier, Archembaldo de St. Amaud, Andrés de Montbard, Fulco d´Angers y Hugo I, conde de Champagne.

Este fue el origen de la misteriosa Orden del Temple que tomó su nombre, de su primer lugar de residencia: justo encima de las caballerizas del antiguo Templo de Salomón. El objetivo aparente de la Orden en la Ciudad del Santo Sepulcro era “velar por la seguridad de los caminos y las carreteras, cuidando de modo especial de la protección de los peregrinos”.

No se sabe cómo y de qué manera nueve caballeros tan sólo iban a proteger a las riadas de peregrinos que llegaban a Jerusalén, en aquel entonces ocupada por los musulmanes e infestada de bandidos y salteadores de caminos, pues lo cierto es que durante los nueve años siguientes no admitieron a ni un solo caballero más en la Orden ni tampoco ninguno se dio de baja en aquellos años.

En estos nueve años todavía no han entrado en combate, pues todavía la orden no es tal y la preparación de sus adeptos es en esa época muy restringida, dado el bajo número de profesos, y se asienta sólo en bases teóricas: monjes que serán, además, soldados, algo que choca frontalmente con los postulados cristianos de la época.

Así pues, hay quien sostiene que los templarios no acudieron a Jerusalén a proteger peregrinos, sino a buscar algo importante, de cuya existencia ya sabían con antelación.

¿Qué han descubierto estos caballeros franceses y flamencos en las dependencias del templo jerosolimitano de Salomón? ¿Un tesoro de incalculable valor, un objeto de poder?

Hugo de Payns

Se sabe que Teocletes, sumo sacerdote de los nazarenos Juanistas, instruyó a Hugo de Payns en la verídica historia de Jesús y del cristianismo primitivo, y posteriormente otros dignatarios le iniciaron en sus misterios. Todo esto, hace sospechar que el verdadero objetivo de la Orden era de otro tipo y que, por supuesto, debía estar velado a los ojos de los profanos.

En cuanto al nombre de “Templum”- y no es extrañar que Hugo de Payns fuera instruido también en esto- significó primero el espacio libre del cielo entero, considerado para servir a las observaciones del augur, quien lo subdividía entonces, según los ritos, trazando con su bastón o varita diferentes líneas en el aire.

Por analogía se aplicó Templum para designar las grandes extensiones, como la del mar, la del cielo, y hasta la del mundo entero. Luego pasó Templum a significar espacio circunscrito, trazado por el augur, aunque fuera en el suelo o en la tierra, ya para examinar el Templum del cielo, ya con otro fin sagrado cualquiera.

Y, por última extensión, significó Templum un edificio consagrado, notable por su magnificencia, con sus dependencias, bosque sagrado…

La Orden del Temple se prolongaría luego en el tiempo con otros fines y metas, pues la de este reducido grupo de hombres ha sido descubrir un secreto, que ya obraba en conocimiento de san Bernardo después de que éste y sus monjes cistercienses desentrañaran el intrincado laberinto de los textos hebreos encontrados después de la toma de Jerusalén en 1099. Hugo de Payns y los enviados a Tierra Santa ya han cumplido su misión cuando regresan a Francia en 1128.

La Orden Templaria

Tendrían que transcurrir diez años para que San Bernardo, que era sobrino de Andrés Montbard, estableciera las reglas de la Orden. Estas les imponían castidad, pobreza y obediencia. Al aproximarse la batalla se armaban de fe en lo interior y de hierro en lo exterior, acometiendo impetuosamente al enemigo con la confianza del que está seguro de alcanzar la victoria o la muerte heroica.

Hemos visto a los Caballeros Templarios correr de aquí para allá, de Tierra Santa a Inglaterra, de allí a los confines de España o de Hungría. Hemos asistido a sus negociaciones con cabalistas y Ashashins, a sus complots con cataros y teutones, a su rivalidad —extraña postura para órdenes religiosas que se deben respeto y caridad— con los hermanos del Hospital y con los de otras órdenes. Y sin embargo, da la sensación de que se ha pretendido cambiarlo todo para que todo quede igual. ¿Acaso no se vislumbra algo más, agazapado debajo de tanto movimiento?

La toma de San Juan de Acre por los musulmanes cerró a los templarios las puertas de la tierra por la que siempre habían luchado. Vinieron a Europa, pero no como huéspedes, sino como verdaderos amos.

Vinieron, pues, y fueron acogidos con los más altos honores por nobles, reyes y hasta por el mismísimo Papa. Ya en 1139 habían conseguido mediante bula papal la total exclusión de la jurisprudencia, de la forma que nunca tuvieron que rendir cuentas ni a reyes ni a obispos, sólo al Papa.

Sin embargo y tras observar de un modo más atento la trayectoria histórica de la orden y las actitudes de los hermanos, tanto en lo referente a la alta política internacional en la que estuvieron indeleblemente inmersos como a reacciones más discretas y particulares y, por tanto, menos notorias no se puede por menos que preguntarse: ¿A quién sirve esta Orden?

Al papa, es la respuesta más sencilla, pero no la más completa. Quizá la respuesta deba ser más audaz: Se sirve a sí misma.

Entonces, ¿por qué cae de un día para otro? ¿Cae porque la han abandonado sus aliados, el papa, el rey de Francia?

Los Enemigos del Temple

Una mirada perspicaz basta para comprender enseguida que el papa y el rey de Francia, nunca fueron, en verdad, sus aliados. Quizás eran, en todo caso, sus enemigos, aunque la orden tuvo siempre la precaución de mantenerlos a raya y no dejar que ese terrible secreto trascendiera a una humanidad como la medieval, necesitada de bálsamos espirituales y grandes verdades humanitarias.

Es un error creer que la Orden de los Templarios no se declaró contra el dogma católico hasta sus últimos tiempos, pues desde un principio fue herética en el sentido que la Iglesia da a esta palabra.

Pero el error más grave y trágico se dio en el amanecer de un día otoñal de 1307 cuando, en Francia, fueron arrestados 15,000 caballeros templarios sin previo aviso y sin otra razón que la fuerza del mandato real de Felipe El Hermoso. Los cargos eran herejía, ritos blasfemos como escupir y pisar la cruz en iniciaciones de caballeros, sodomía, adoración de falsos ídolos demoníacos como el Baphomet.

Durante siete años, cientos de templarios fueron torturados y quemados, pero lo cierto es que nunca se descubrieron documentos secretos de la Orden, ni pruebas que demostraran la existencia de tales herejías. En los Concilios que se congregaron para juzgar su causa fueron absueltos en su mayoría: Londres (Inglaterra), Maguncia (Alemania), Ravena (Italia), Tarragona (Reino de Aragón), Salamanca (Reino de Castilla, León y Portugal).

Ni una sola lanza templaria se levantó en contra de aquella injusta sentencia. Ni una sola espada fue desenvainada para liberar al Último Gran Maestre de la Orden Jacques de Molay. Tras siete años de torturas y privaciones, el ilustre prisionero fue conducido al islote de los Judíos, en medio del Sena, donde ya se había levantado la pira que tendría que iluminar la noche. Era el 18 de marzo de 1314 y el espectáculo estaba servido: Jacques de Molay y sus dos compañeros tuvieron que aguantar toda clase de insultos mientras eran conducidos al suplicio por la guardia real.

El último Gran Maestre Templario

El Gran Maestre afrontó la muerte con una serenidad y entereza extraordinarias. En cuanto vio el fuego preparado se despojó de sus ropas y sin vacilación proclamó, con voz fuerte y clara, que él era culpable porque había sido débil y había cedido por miedo a los tormentos, pero la Orden Del Temple, “su Orden”, era completamente inocente de los cargos que se le imputaban.

Luego se puso en camino totalmente desnudo, con presteza y buena cara, sin temblar en absoluto, aunque muchos le zarandearon y empujaron. Antes de atarlo al poste, dijo a sus verdugos: “Al menos, dejadme juntar un poco las manos, pues éste es el momento propicio. Voy a morir pronto; Dios sabe que es equivocadamente. La desdicha vivirá con los que nos condenan sin justicia. Muero con esta convicción. A ustedes, señores vuelvan mi cara hacia Notre-Dame, se lo ruego”. Su petición fue atendida y la muerte le envolvió con su manto tan dulcemente que todos quedaron asombrados.

Caídos pero No Vencidos

Y este fue el final. Las diversas órdenes militares de la época acogieron en su seno a los caballeros templarios que solicitaban su ingreso y, al menos de forma aparente, todo quedó en nada.

Mientras tanto, los legítimos caballeros templarios habían eludido durante cinco siglos toda indagación y celebrando reuniones trienales en Malta. Se reunían en número de trece y acudían de diversos países previa convocatoria del Gran Maestre. Se dice que en estas reuniones se trataba de los destinos políticos y religiosos de las naciones, pues entre los reunidos había algunas cabezas coronadas.

El sueño de Los Templarios

Se trataba quizá de una experiencia política nunca llevada a la práctica en Europa: la hegemonía de la orden templaría que como representación bicéfala de un poder político y una autoridad espiritual, se imponía en todo Occidente paulatinamente, borrando bajo el blanco manto de sus caballeros las diferencias sociales, religiosas y étnicas y unificando todos aquellos países en los que tenia predominancia.

Todo ello desde el interior de la infraestructura social, política, religiosa y económica: una solapada tarea de termitas cuyos artífices no siempre se mostraron interesados por detentar el poder temporal o apoyarlo y no siempre estuvieron de acuerdo con la política ejercida por los titulares del papado o el imperio.

Entre ellos se contaron freires que educaron a príncipes; en sus filas militaron los más probados caballeros de la nobleza francesa, alemana, castellana o catalana, y hubo reyes, emperadores y papas que se vincularon secretamente a la orden o la protegieron sin ambages.

Pero, entre todos los misterios que rodearon al Temple, el más actual es quizá la idea sinárquica del gobierno del mundo que persiguieron; sus fundamentos se asentaron en las fuentes de las que, hasta entonces, habían bebido las religiones oficiales, es decir, en las creencias de las religiones mistéricas y en la tradición común al cristianismo primitivo, a los druidas y a los sufíes y gnósticos. La idea del mundo gobernado por una élite de hombres virtuosos y justos que no cayesen en las trampas que ofrece el poder político.

El Sueño de los Caballeros Templarios de una sinarquía universal expandida en todo el mundo, basada en tres aspectos: un solo pueblo, un solo Rey, y una sola Fe. Para ello era necesaria una federalización de todos los estados europeos, que serían regidos por un gobernante elegido de acuerdo con los principios de la Ley Divina. Un sueño que sólo precisa ser soñado con verdadera fuerza para despertar de nuevo.

+++Nada para nosotros Señor, nada para nosotros, sino a Tu nombre sea dada la Gloria+++

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